miércoles, 5 de julio de 2017

Las semanas (y media)

Mi amiga Pelirroja ha pasado al club de las preñadas. Y estoy feliz porque ella es feliz, pero de alguna manera me pone triste despedirme de mi amiga, la más alocada y despreocupada de mis amigas. Porque ya no será mi Pelirroja-peligrosa nunca más. Ahora será una mamá con el pelo rojo. En fin, es ley de vida.
El caso es que hay una cosa que me cabrea de las preñadas y es su manía de hablar en semanas. Que sí, que ya sé que el ginecólogo lo cuenta así y blablá, pero de toda la vida de Dios los embarazos han sido nueve meses y punto. Pero ahora no. Ahora estás de 7 o de 15 o de 23 semanas. Y mira, no. Yo no me apaño. No sé cuántas putas semanas dura un embarazo y además no me interesa lo más mínimo.
Y es que me reconozco un poco negada para eso de cambiar de medida. Cada vez que he viajado y he tenido que cambiar de moneda he decidido desconectar y no andar convirtiendo cada precio porque me aturulla. Prefiero marcar una especie de límite, tipo “más de X moneda es caro porque pasa de los 10 euros” y con eso me apaño, clasificando las cosas en baratas y caras y punto. Ni os imagináis las que pasé cuando cambiamos de peseta a Euro, la verdad. Y eso que era jovencilla. Pero da igual, moriré de vieja echando de menos mis queridas pelas. Y eso que también tenía su cosa. Que la primera vez que fui a Pueblodelsur, bajé a comprar unas chuches con mis amigos y la tía del estanco me pidió 15 duros. Muy dignamente, le dí una moneda de 100 pesetas y esperé mi cambio, pero no tuve ni idea de cuánto me había costado aquello. En Madrid sólo se usaban los 5 duros y los 20 duros. Y jamás en una tienda o semejante. Nunca comprabas algo y te decían son 5 duros. Y mira que yo me he criado en un barrio muy barrio, eh? Que por aquí andaba poco menos que el vaquilla. Pero da igual, lo de los 5 o los 20 duros era algo puramente coloquial, entre colegas, en casa. Jamás en un comercio, por muy humilde o barriobajero que fuera. Y yo, de repente, me vi en un pueblo de mierda donde me querían cobrar en duros. Desde entonces la tía del estanco me cae mal. A día de hoy, me sigue sin resultar simpática.
En todo caso y dejando las monedas a parte, cuando el otro día hablé con Pelirroja le termine pegando una voz de las mías. Porque le pregunté de cuánto estaba y me respondió que diez semanas. ¿Diez semanas? ¿Pero quién a parte de las preñadas habla así? Nadie dice “llevo en el nuevo trabajo 13 semanas”. Nadie dice “celebro hoy con mi novio las 45 semanas”. Nadie habla así, joder. Y hay gente en el mundo que no estamos embarazadas, ni lo hemos estado, ni lo vamos a estar. Y que nos importa una mierda las semanas que dure un preño, que no sabemos desde cuándo se empieza a contar ni hasta cuándo hay que seguir haciéndolo. Así que le dije “Joder, Pelirroja, que yo en semanas sólo conozco la película de las nueve semanas y media y por cierto, es una mierda. Háblame en lenguaje de no preñi, haz el favor.” Bueno, pues lo tuvo que pensar. Tócate los cojones mariamanuela que ahora en cuanto se te instala un okupa en el útero dejas de pensar como lo has hecho toda tu vida y ya sólo sabes contar en semanas.
Eso, hasta que pares. Entonces sólo sabes contar en meses. Y de pronto tu hijo tiene 16 meses. Oiga, por el amor de Deu, diga un año y algo, diga un año y medio, diga dos años, diga lo que quiera, pero deje de hablarme en unidades inferiores a las necesarias.
Y eso añadido a la palabra bebé. Admito que esa palabra no me gusta, me parece que roza el ridículo, no sé por qué, supongo que sólo es una manía de las mías. Pero a ver, un bebé lo es hasta los 6 meses, el año si quieres. Pero no más. Con año y medio es un niño. Pequeño, pero un niño. Y con tres años, desde luego no es un bebé. Que yo entiendo que has tenido que dilatar el chumi para echarlo y que quieres que sea eternamente pequeñito para que sea tu nenuco, pero joder, no. Déjale ser una personita pequeña. Déjale tener su dignidad y no le llames bebé cuando ya va por ahí corriendo como una bala y destrozando todo a su paso como un diminuto godzilla.


En fin, yo qué sé. Si cada día entiendo menos cosas y pongo menos esfuerzo en entenderlas.  

viernes, 30 de junio de 2017

Hablar cantando

Creo que una de las mejores decisiones que he tomado en los últimos años ha sido apuntarme a la academia de inglés. Y cuando digo de las mejores, posiblemente sea la mejor. En parte porque no tomo demasiadas decisiones y en parte porque no las tomo muy bien. Pero ésta sí, ésta fue un acierto total.
Siendo honesta, ni siquiera se me ocurrió a mí. Quizás por eso fuera tan buena idea. Fue como un cúmulo de señales que me dijeron que era hora de ponerse las pilas y hacer algo que llevaba mucho tiempo ahí estancado. Primero fue mi amigo el poli. Me dijo que él iba a una escuela de inglés y que le estaba viniendo muy bien porque hablaba un english-macarrónico que para qué. Y se me encendió un poco la bombilla. Total, tenía las tardes libres y el inglés no se me da mal del todo. Y además es útil para los trabajos y siempre viene bien ir a otro país y poder preguntar por una calle o algo. Dejé ahí la idea, macerando.
Poco después, un amigo de aquí, arquitecto en paro y sin puñetera idea de inglés, se fue a Canadá con su exnovia, que por aquel entonces ya era su exnovia. Mis amigos, al parecer, tampoco con muy listos. Pensó, ingenuamente, que con ir a un país de habla inglesa aprendería en cosa de cuatro ratos. Luego se encontró en mitad de la nieve y los renos, sin entender nada, con su exnovia que se echó un novio indio de dos metros de altura y viendo la tele para ver si pillaba algo del idioma de Shakespeare por obra y gracia. Obviamente, a los pocos meses se volvió sin un duro, sin la exnovia y sin hablar ni poteito. Quedamos una tarde para tomar un café y me dijo que había estado mirando unas escuelas por el barrio para aprender algo de inglés antes de volver a aventurarse allende los mares. Y la idea volvió a mi cabeza.
Así que lo hice. El verano había acabado y el curso empezaba, así que miré varios sitios y elegí uno. Me gustaron muchas cosas de mi academia y a día de hoy sigo contenta. Mi profe australiano está loco, es divertido y hace las clases muy amenas. Yo he mejorado muchísimo, he cogido fluidez y oído y he subido de nivel en dos ocasiones. Estoy muy contenta, la verdad.
Así que ahora, cada vez que alguien me dice que no sabe muy bien qué hacer, o que tiene mucho tiempo o algo así, le recomiendo apuntarse a una academia a aprender inglés. Porque el rollo de me lo estudio en casa o de veo series en versión original, aceptémoslo, no sirve de mucho. Mi profe siempre dice que por muchas películas que alquiles en turco, no vas a aprender a hablar turco en la vida. Y si lo piensas, tiene razón. Ya puedes hacerte fan del cine de Bollywood, que no vas a ir a la india y comunicarte como un nativo. Los idiomas molan, pero requieren esfuerzo, sacrificio y aprendizaje. Que ver las series y las pelis en versión original está muy bien, os lo digo yo que no veo nada doblado, pero seamos realistas, no son el mejor método de aprender un idioma. Ni siquiera son un método. Necesitas una buena base para que sirvan de algo. Y sí, sirven para coger oído y para ir pillando expresiones, pero ya está.
El otro día le intentaba hacer entender esto a una amiga que me trataba de convencer de que otra amiga suya que vive en Barcelona y que le pedían un nivel bastante avanzado para el trabajo, estaba aprendiendo porque traducía canciones y luego las escuchaba. Eso está muy bien, pero no sirve para un carajo. Y menos si quieres hablar de verdad porque la chica en cuestión se dedica al tema del turismo. Y mira, yo soy de Madrid, pero si buscas un poco sobre métodos efectivos para aprender inglés, encuentras muchas cosas y además hay más de una academia en Barcelona. Que si lo piensas un poco, traduciendo canciones vas a terminar hablando muy raro. Imaginad alguien que trate de aprender español así y venga, vaya a un bar y diga “me gustan las mujeres, me gusta el vino y cuando tengo que olvidarlas me voy y olvido”. Igual al camarero le alegra el día echándose unas risas, pero poco más.

Total, que si no sabéis qué hacer, apuntaros a inglés. Yo me arrepiento de no haberlo hecho antes, la verdad. Y quería hacer un intensivo este verano, pero no sé si voy a poder con el tema del trabajo nuevo. Lo que es seguro es que en septiembre vuelvo. Que no quiero viajar algún día a Irlanda en busca de pelirrojos y decir “whack for my daddy, oh, there is whishkey in the jar”.

miércoles, 28 de junio de 2017

Ron y Maya

Cuando era pequeña tenía caracoles. Ya lo he contado más veces, los rescataba de la calle o del campo o de donde los pillara, los metía en un bote con lechuga, los cuidaba un tiempo y luego los volvía a soltar. Incluso una vez criaron porque nadie me había explicado el concepto de hermafroditismo. En fin. El caso es que tuve uno que fue mi favorito. Se llamaba Corretón porque era enorme, gordo y marrón y le encantaba escaparse del tarro y hacer excursiones por las paredes. Lo recogí con la concha rota, pero se le reparó poco a poco. Corretón era un caracol fantástico, salía mucho de la concha, en cuanto le ponías verdura fresca o le mojabas con agua. Me caminaba por las manos y los brazos, no parecía asustarse de nada. Comía uvas y frutas directamente de entre mis dedos. Y con él descubrí que hasta los animales más pequeños, que consideramos más simples, tienen su propio carácter. Porque hay caracoles tímidos y otros sociables, unos miedosos y otros intrépidos.
He tenido montones de animales a lo largo de mi vida y cada uno ha tenido sus peculiaridades, sus manías, sus virtudes, esas cosas por las que les he querido y esas otras por las que a veces me he tirado de los pelos con ellos. Todos me han enseñado mucho, me han dado mucho más de lo que yo he podido o sabido darles. A todos los llevo en el corazón porque en parte, igual que gracias a la familia o a los amigos, soy quien soy gracias a ellos.
Ahora miro a Ron y a Maya fascinada. Los gatos tienen unos caracteres muy marcados. Ellos son muy ellos. Ron es más dependiente de mí, más tranquilo, más bruto, más fuerte. Le gusta mucho saltar, llega muy alto, le encanta subirse a los sitios. Tiene muchísima habilidad con las patitas, casi parecen manos, él todo lo toca con su manita izquierda para cerciorarse de lo que es. Es comilón, todo le gusta y nunca rechaza nada (si lo hace corre al veterinario, le pasa algo raro). Ron es muy de costumbres, le encanta la rutina, cada día hace más o menos lo mismo, le gusta seguir horarios, ponerse en los mismos sitios, que no le cambien sus cosas. Le gusta tumbarse en la ventana para estar fresquito y mirar por el cristal del cuarto de la lavadora para ver lo que hacen los vecinos. Le gusta la gente. Cuando vienen visitas se acerca a saludar, no se asusta ni se esconde, sólo les mira, curioso. A veces se deja tocar, a veces se enamora y se sube encima de la gente, otras, simplemente les huele. Le encanta dormir conmigo en cualquier sitio, en cualquier postura, a cualquier hora. Es perezoso, casi siempre que hay que levantarse se revuelca un rato como pidiendo cinco minutos más, después de desayunar le encanta volver a la cama y dormir conmigo, tan a gusto. Ron duerme mucho desde que era cachorro, cae en los brazos de Morfeo y sueña, profundamente dormido, durante horas. Eso sí, como quiera algo, comer por lo general, es muy exigente. Te despierta a manotazos y cabezazos tan fuertes que podría despertar a un muerto. Casi siempre que me siento, viene a ponerse encima, o al lado como mínimo. Conoce perfectamente su nombre, se vuelve a mirarte cuando le llamas, entiende muchísimas cosas y es bastante obediente. Le gusta mucho que le hable, pero él maúlla muy poco. Y siempre que llego a casa, viene a recibirme a la puerta, a veces con cara soñolienta, a veces como sonriendo, a veces con un trotecillo alegre.
Maya es más inquieta, más suave, más sigilosa, más pequeña. Le encanta robar cosas, todo lo coge con la boca y lo lleva de acá para allá. Le gusta comer la comida húmeda mezclada con bolitas y el agua fresca. A Maya le encanta investigar, se mete en todas partes, lo toca todo, lo huele todo, lo coge todo. Mete su diminuta cabeza en cada hueco para ver lo que hay. Nunca sabes dónde la vas a encontrar, hace cosas inesperadas, cada día descubre algo que le fascina y a los diez minutos lo ha olvidado. Persigue a Ron a todas partes, es cabezona, no se da por aludida cuando le dices que no, es terca hasta decir basta. Le gusta que la cojas en brazos, duerme a veces conmigo, pero sobre todo, le gusta dormir abrazada a Ron, que lo acepta con resignación. También duerme mucho sola, se estira mucho, abre las patitas, ocupa más sitio del que puedes imaginar por un animal tan pequeño. Eso sí, duerme pocas horas seguidas. En seguida se aburre, se levanta, se va a investigar algo, a pasear, a jugar con sus ratoncillos. Maya sabe que se llama así, lo entiende, te mira y generalmente, pasa de ti. Le gusta que le diga cositas, pero sobre todo le gusta hablar ella. Corretea haciendo ruiditos, maúlla a todas horas, se frota mientras emite sonidos. Le hablas y te contesta. Y otras veces maúlla ella esperando respuestas de tu parte y tenemos conversaciones humano-gato. No viene a la puerta a recibirme cuando llego, aunque suele acudir si la llamo. Conoce la alarma del despertador y cuando suena salta sobre mí, abre el embozo de la cama y se frota y refrota haciendo alegrías y me hace unas carantoñas muy dulces tocándome con las patitas la cara y metiendo su cabecilla en mi cuello. A veces se cuela en la cama y anda por dentro haciéndome cosquillas. Te hace levantarte con una sonrisa. Por las noches le gusta hacer la croqueta en la alfombra, pasa mucho tiempo con la barriga para arriba, jugando o simplemente porque está a gusto así. Es muy valiente, muy intrépida, no ve el peligro nunca. Trepa por la red de la ventana del salón como un mono y cuando llega arriba, vuelve a bajar, usando manos y pies como una profesional de la escalada.
Los dos son maravillosos, son buenos, cariñosos y sociables. Jamás bufan, jamás se pelean. Juegan mucho y se roban comida el uno al otro. Se lamen, se imitan, se hacen carantoñas. Son dos ángeles que me ha prestado el cielo, espero que por muchos años. Y hoy hace seis meses que Maya llegó a mi vida para, siendo tan negra, llenarla de luz. Y ayer hizo 7 años y 10 meses que llegó Ron, que es todo para mí. Es el amor de mi vida, es lo que más quiero y he querido jamás.
Tengo suerte, soy afortunada. No tengo mucha familia, ni hermanos, ni siquiera muchos amigos. No soy una persona excesivamente sociable. No he triunfado profesionalmente, ni tengo dinero. Y es posible que no sea muy lista, ni muy especial, ni muy nada. Pero soy afortunada, de verdad que sí. Porque Dios me ha dado un montón de animalitos que me han acompañado en el camino. Siempre recuerdo alguna clase de pata encima de mi pierna, en todos los momentos de mi vida. El perro, los hámster, las cobayas, el pájaro, el cangrejo, los caracoles, los gatos. Siempre ha habido alguien ahí que sin palabras, me lo ha sabido decir todo con sus ojos. Así que gracias a todos ellos.

Y hoy en especial, gracias a mis dos amores más grandes, a mis dos gatos. Gracias por llegar a mi vida, por ser tan especiales como sois, por dejarme ser vuestra mamá humana. Os aseguro que lo hago lo mejor que puedo y que os quiero con toda mi alma. Gracias, Ron y Maya. Gracias por existir.

lunes, 26 de junio de 2017

cosas que acaban (?) y verano que empieza

Hace muchos años pensaba que si me casaba, lo haría en junio, que siempre ha sido un mes que me ha encantado. Por las fechas de San Juan. Me parecía bonito. El día más largo, el paso de la primavera al verano, una noche mágica. Qué bien todo.
Este año San Juan caía en sábado. Me di cuenta al poco de empezar a vivir con el Ross. Y pensé, ingenua, estúpida, absurdamente, que igual podía pensar en una boda para ese día. El día que me gustaba, el hombre al que siempre había querido. Qué bien, qué bonito. Qué fugaz pensamiento, pero qué bien habría quedado en una película moñas.
Hoy es ese día. Y no, no me he casado. Eso ya lo decidí hace mucho tiempo, antes de llegar ni a pensarlo en serio. Yo no soy de las que se casan. Lo que he hecho ha sido separarme. La vida tiene un sentido de la ironía tan fino que no sabes si reírte o tirarte por un puente.
Aún no sé si es definitivo, aunque le veo pocas soluciones. No creo en el amor lo suficiente para pensar que lo salvará todo. No creo que eso baste. Y a parte del hecho de quererle, no sé si tengo otra razón para luchar por esta relación. Así que no, no creo que el amor baste.

Mañana empiezo un trabajo nuevo. Hice una entrevista hace unas semanas y finalmente me llamaron para decirme que empezaba el lunes. Me alegra después de tanto tiempo buscando tener un trabajo de lo mío. No es lo ideal porque no es mi campo preferido y el horario es una mierda, pero no está mal. Así que tengo una buena razón para levantarme y tener una ilusión más.


No estoy triste. Tengo cosas más importantes que hacer que lamentarme. Al fin y al cabo, empieza el verano.  

lunes, 12 de junio de 2017

El salto

La gente a veces se queja de que por culpa de Disney espera al príncipe azul. Admito que nunca me gustaron los príncipes. Tan peripuestos, tan repipis, con esos modales tan refinados. El único un poco apañao era el de la sirenita que iba descamisado. Y ni por esas, mira. Yo es que he sido siempre de macarras. Y trato por todos los medios de evitarlos en la vida real porque ya tuve experiencias en el pasado que me demostraron que traen más problemas que otra cosa. Pero lo admito, esos personajes durísimos, con pinta de chungos y luego un tierno en el interior, hacen que se me caigan las bragas a plomo.
Yo admito que mi problema con los ideales de las películas es con los musicales. No entiendo por qué en la vida real no podemos arrancarnos todos a bailar de repente y que nos salgan unas coreografías de puta madre. Así, improvisando, como quien no quiere la cosa y montar un espectáculo que le dé gracia al asunto. Todo mejora con música y con bailes. Y la vida es una cosa que hay que intentar mejorar porque como no pongas de tu parte, pues meh. Así que yo esperaba que en algún momento, todo el mundo de mi entorno supiera bailar y yo aprendiera por obra y gracia. Entonces empezaría lo bueno. Algo así como en el baile del instituto tipo Grease o en cualquier pelea de pandillas por los tejados como en West Side Story.
Luego resulta que no. Que mis amigos no saben hacer coreografías espontáneas, que yo soy un pato mareado que se pisa sus propios pies, que en mi instituto no se hacían bailes y que las peleas en mi barrio, inexplicablemente, no eran bailando. Y qué decepción, oyes.
Y es que la vida real es un tanto decepcionante. A ver, que está bien, que merece la pena estar vivo. Pero no es una película, no es una serie, no es un musical. No siempre las cosas salen bien, no siempre el amor triunfa, no siempre los malos pagan y los buenos salen airosos. No siempre sabes bailar. Ni mucho menos. La vida es como es. Y como tal hay que tomarla.
Lo bueno que tiene es que están los sueños. Ahí siempre puedes hacer lo que te dé la gana, estar donde y con quien quieras, puedes conducir un ferrari o bailar como Ginger Rogers. Yo por lo menos soy bastante afortunada en lo que a sueños se refiere. Soy bastante capaz de controlarlos, de retomarlos si me despierto y de vivirlos muy intensamente. Lo chungo es cuando sueño con arañas y juro que las veo corriendo por mi cuerpo. Que me despierto y aún tardo un rato en dejar de rascarme y de buscarlas porque no tengo claro si estaban ahí o no. Pero eso es otra historia. El caso es que mis sueños buenos son la hostia. Yo he soñado que comía cerezas del torso desnudo de Brad Pitt. Jhonny Deep me ha mordido el cuello. He bailado con Rick (Humphrey Bogart) en Casablanca. He volado por encima de edificios, he respirado bajo el agua del mar mientras veía corales y peces. Mi cerebro a veces se porta bien, como para compensarme el coñazo que me da el resto del tiempo.
Por desgracia, no todo el mundo tiene esta suerte. Esta misma noche estaba comentando por wasap con mi amiga Mar mientras veíamos Dirty Dancing. A las dos nos encanta, somos así de pavas. Y sé perfectamente que el guión lo podría haber escrito una niña de quince años. Y que en realidad, no trata de nada. Y todo lo que quieras. Pero ay. AY. Que está Patrick Swayze como para comérselo sin patatas ni guarnición ni nada. Primer plato, principal y postre. Todo en uno. Qué guapo, qué cuerpo, qué sexy. Qué ropa negra tan ajustada. Qué tupé medio despeinado. Qué forma de moverse. Ay, zeñó. Y esos bailes, esa música, esas faldas vaporosas. Esa escena de los equilibrios en el tronco, la del lago levantando a la otra pava. Y ese salto, EL SALTO. Por el amor de Dios. Que estoy segura de que cuando el bueno de Patrick se murió y subió al cielo, llegó la virgen María a recibirle y lo primero que le dijo fue “levántame en el aire como a la de Dirty Dancing”. Porque qué mujer no ha soñado con esa escena. Con ser levantada así. Pues tengo la respuesta. Mi amiga Mar. A ver, técnicamente sí ha soñado con ello, sólo que ella corría y saltaba así, pero nadie la cogía. Y entonces se daba una tremenda leche contra el suelo y la gente se arremolinaba a mirarla. Pobre. Qué sueños más tristes. Y me lo ha contado por wasap, mientras veíamos la peli. Me he reído tanto y tan fuerte, que he despertado a Maya de sus sueños de gato.
Por cierto, ¿con qué sueñan los gatos? ¿con ratones, pájaros? ¿infinitas latas de atún? ¿un Patrick Swayze gatuno que les levante en el aire? Quién sabe.








lunes, 5 de junio de 2017

Las mimosas se han secado

Hace un año y unos meses olí las mimosas pensando en ti. Quería tener la mente positiva, quería creer en los finales felices, quería pensar que todo iba a salir bien. Quería creer en los poderes milagrosos de los buenos deseos. Quería, a pesar de que en la boca del estómago, en el mismo sitio donde a ti te descubrieron el cáncer, yo tenía una mala sensación.
Esta primavera volvieron a salir las mimosas, volví a olerlas y me acordé de esos días. De las malas noticias, del hospital, de los buenos deseos que no sirvieron de mucho. Pero las mimosas habían salido de nuevo y tú seguías aquí. Y pensé, a pesar de saber lo que ya sabíamos, que a veces la vida se resiste a la muerte. Que a veces, todo es cuestión de volver a ver cómo llega la primavera una vez más.
Ahora las mimosas se han secado y tú te has ido.

Casi nunca me han caído bien las amigas de mi madre. No sé por qué, pero es así. A algunas les he terminado tomando cariño, a fuerza del tiempo, a base de ver que eran buenas con ella o le hacían feliz. Otras me siguen cayendo fatal. Pero contigo fue distinto. Había algo en mí que te recordaba a ti misma de joven. Y había algo en ti que me hacía verme reflejada. Por eso, a parte de amiga de mi madre, también lo eras un poco mía. Cuando quedabais todas a comer y yo me apuntaba, casi siempre nos sentábamos juntas. Me divertían muchísimo tus comentarios por lo bajini. Tu finísimo sentido del humor, tu sarcasmo, tu carácter aparentemente seco. Tu manera de pasar de todo, de que te importara un pito la opinión del resto. Nos reíamos del mundo sin que nadie lo entendiera del todo.
Y nos comprendíamos. De verdad que sí. Tú te casaste jovencita y luego tuviste que echarle a la calle y poner el vestido de novia en la basura. Me lo contaste cuando yo eché al desequilibrado. Fuiste la única con la que fui honesta del todo, a la que dí detalles, con la que no me costó hablar. Porque tú me entendías, eras la única que no me ponía cara de pena, que no hacía preguntas absurdas o que me juzgaba. Tú te separaste más o menos a la misma edad que yo, pero en peores épocas, bajo peores circunstancias. Y por eso encontré tanta comprensión, tanto apoyo, tanta complicidad. Tu vestido de novia en la basura, cómo nos reímos las dos como tontas cuando me lo contaste ante la mirada atónita de otras.
A veces pensaba que eras la única que me entendía. Porque éramos las únicas que vivíamos solas, éramos las únicas “solteronas”. Tú sabías, lo hablamos mil veces, que cuando te acostumbras a la soledad, se hace casi imposible volver atrás. Que el primer día que coges el taladro te cagas de miedo, pero cuando consigues hacer el agujero te sientes invencible. Y después de eso, después de montar muebles, después de hacer lo que quieres y ser la única responsable, después de que nadie te contradiga, ni te cuide, ni te acompañe, ya no hay vuelta de hoja. Ya no vuelves a ser la misma. Y la gente te dice que eres muy dura, que tienes mala leche, que tienes demasiado carácter. Y recuerdo tu mirada cuando a alguna de las dos nos decían eso. Me mirabas, sabiendo que aunque nos separaban 30 años, éramos las únicas que lo entendíamos. Porque éramos las únicas que lo habíamos vivido. Y las mujeres fuertes, curtidas en mil batallas, apaleadas hasta los huesos y que se han recompuesto solas, nos reconocemos sólo con levantar una ceja. Por eso eras amiga de mi madre, pero también eras mi cómplice, mi camarada.
Te vi por última vez en el hospital, cuando aún te estaban haciendo pruebas. Cuando aún estabas como siempre. Tenías tu ordenador, tus libros, tus apuntes de la clase de historia del arte de mi madre. Todo desparramado por la habitación, porque te aburrías. Charlamos con naturalidad. Me diste la gracias por la visita, por el rato de conversación, por que ese rato te habías encontrado mejor. Y te di un abrazo y dos besos, en medio de bromas, porque igual que a mí, los besuqueos te ponían de mala leche. Pero esa vez nos los dimos. Y fue la última. Porque no has querido que nadie te viera demacrada por la quimio y la enfermedad. No has dejado que te visitáramos en un año entero. Y quiero que sepas, que aunque de forma egoísta me hubiera gustado verte, siempre lo he entendido. Y te he defendido, he sido la única en defender tu decisión, en pelear con todo el mundo, en darte la razón. Era tu derecho. Y yo, una vez más, lo comprendo.
Mañana tengo que ir al tanatorio. Por eso me estoy despidiendo aquí y ahora. Para llorármelo todo hoy y no hacerlo mañana. Para que quede entre nosotras, como tantas cosas. Para que una vez más, nos entendamos y le enseñemos el culo al mundo.
Te echaré de menos. Te llevo echando de menos un año. Y lo seguiré haciendo.

Ahora las mimosas se han secado y tú te has ido. Sit tibi terra levis. Que la tierra te sea leve, amiga.


sábado, 3 de junio de 2017

Being Naar

Una de las series que más me han gustado en los últimos años es una canadiense, muy poco conocida que se llama “Being Erica”. A mí me la recomendó una amiga de Twitter y no sé si se lo podré agradecer lo suficiente. Me vino muy bien cuando la vi por primera vez hace dos o tres años y ahora, que estoy esperando a que vuelva Juego de Tronos, la estoy viendo otra vez. La recomiendo encarecidamente.
El caso es que la serie va de una chica de treinta y pocos (ejem) con una vida un poco desastre (ejem, ejem) y bueno, por una serie de circunstancias que no vienen al caso, termina en una terapia muy especial en la que puede viajar en el tiempo para cambiar cosas de su pasado de las que se arrepiente. Lo que pasa es que claro, que tú puedas cambiar algo que hiciste no significa que los demás también lo vayan a hacer, por lo que generalmente, aprende de sus errores, comprende mejor su propia vida... pero no cambia gran cosa.
Es inevitable verla y no pensar en qué cambiaríamos si pudiéramos, qué haríamos diferente o qué no haríamos. Al menos así, en teoría. Yo por lo menos lo pienso muchas veces. Y después de muchas vueltas, me pregunto si realmente cambiaría algo. Y no es que no me haya equivocado, sabe Dios que en mí lo raro es acertar. Y no es que no me arrepienta de cosas, porque sé lo mucho que la he cagado y me siento muy responsable de tirar por la borda un montón de cosas buenas que podría tener en mi vida, como un trabajo, o una casa mejor, o más experiencias o más y mejores estudios. Pero a pesar de todo eso, a pesar de que mi vida es un asco muchas veces y que hay cosas que no me gustan nada, de la mayor parte de mis errores he sacado cosas buenas.
Por ejemplo, estar con el Desequilibrado fue un error. Sobre todo estar tanto tiempo. Y encima serle fiel. Pero si pudiera cambiar algo de todo aquello, seguramente sólo fuera lo último. Porque a pesar de la mierda de relación, de las consecuencias de mierda y de las otras mierdas, él trajo a Ron. Y por Ron merece la pena todo. Porque qué sería yo sin él. Sin su mirada tranquila, sin su serenidad felina, sin su calor. Ron me ha dado en estos casi ocho años mucho más de lo que pudo quitarme el Desequilibrado. Ron me ha curado muchas más heridas de las que él pudo hacerme. Así que si alguna vez consigo una terapia como la de Erica y puedo volver al pasado, lo único que haré será volver con el Desequilibrado, ponerle los cuernos todo lo que pueda y en cuanto traiga a mi Ron, dejarle plantado y huir con mi gato. Y si puedo, decirle cuatro frescas a la impertinente de su madre.
Por lo demás, obviando el efecto mariposa, sólo cambiaría pequeñas cosas.
Esa noche que justo después de dejarte en el bar encontré hueco y dudé si aparcar y volver o seguir conduciendo... pues aparcaría.
Esa vez que me propusiste quedar y no fui... pues iría.
Esa vez que me encerraste en el cuarto de los abrigos entre risas y bromas... no saldría tan rápido.
Esa vez que me pediste que me quedara un rato más pero yo tenía que madrugar... pues me quedaría.
Esa vez que me enfadé por una tontería y al final no nos vimos... pues aprovecharía tu visita a España para darte un abrazo.


Así de sencillo. Todas esas veces, con todas esas personas con las que perdí la oportunidad de compartir algo más, de hacer algo más de lo que hice. Por eso ahora, aunque me equivoco como siempre, trato de aprovechar las ocasiones al máximo. Trato de hacer caso a lo que me dicen las tripas. Trato de hacer lo que quiero, lo que realmente quiero, aunque no sea lo más correcto. Porque... ¿Qué diablos es lo correcto?